Sírveme como merezco

Por: J.A. Zambrana

(Derechos Reservados)

          Llegaste a la casa a la misma hora y con tu acostumbrado mal humor. Al pasar la puerta pintada de un tono ocre oscuro que nunca te gustó (pero que escogiste sólo para contrariar a tu esposa), sentiste la seguridad que te proveía la intimidad del hogar, y pudiste al fin quitarte la máscara de hombre prudente, tan incómoda; pero que ocultaba perfectamente tu violento carácter. El trabajo fue tan intenso como todos los días; realizaste cuatro arrestos: dos narcotraficantes locales de poca monta, un adicto a la heroína y un extranjero que flageló a su pareja con una gruesa correa de cuero, hasta desprenderle pedazos de piel en distintas partes del cuerpo, incluso el párpado del ojo derecho y parte de la mejilla. A ese último, con la asistencia de otros policías, le aplicaste un férreo tratamiento antibelleza; terminó luciendo peor que su víctima y en la sala de cuidados intensivos del mismo hospital. “Se resistió al arresto” dijiste; la excusa estereotipada por excelencia.

          Al percatarse de que habías llegado, tu esposa te recibió con la mirada de miedo de siempre, mientras se apresuraba por terminar de cocinar. Conocía tus reacciones cuando no encontrabas la cena lista y a ella vestida y maquillada de la forma que considerabas apropiada para recibirte. Un percance con las calificaciones de uno de los niños, la retuvo casi dos horas y se le hizo imposible cumplir con tus exigencias diarias. Camino a casa no pudo evitar llorar al imaginarse las consecuencias de su tardanza. Nunca visitaste la escuela “deber de mujeres”, decías. Era evidente su rostro de temor, apresuraba la confección de los alimentos y rogaba por un milagro que detuviera el tiempo. Al pasar por la cocina y verla en plena faena culinaria, dejaste volar tu temperamento y las llaves contra la mesa. Entre vituperios inmerecidos, palabras soeces y amenazas de palizas, le diste un ultimátum, exigiste ser servido cuanto antes y como merecías. Además, dejaste claras las dolorosas consecuencias del incumplimiento.

          –Acuérdate de la última vez –le decías afinando la voz con cinismo.

          Y ella recordó el dolor de la costilla fracturada y el labio roto, de esa referida “última vez”. También la vergüenza al ver la mirada de compasión de sus tres hijos (que también son tuyos) cuando la levantaron del piso y le limpiaron la sangre de la cara.

          Te fuiste al dormitorio y guardaste la pistola en una gaveta. Del mismo lugar sacaste un pequeño sobre plástico que contenía varios gramos de una cocaína que conseguiste en un operativo policiaco, realizado en un barrio de esos a los que llamabas de mala muerte. Dejaste caer un poco del contenido, encima de la mesa de noche. Utilizando una tarjeta de plástico lo dividiste en dos líneas, y con un dólar previamente enrollado en forma de cilindro, aspiraste cada una. La arenilla blanca se abrió paso y dejó una estela ardorosa que corría del tabique a la garganta y causaba una especie de adormecimiento con hinchazón, que se apoderaba de la lengua y te amarraba las palabras. Aspiraste dos líneas más; dependías de ese costoso polvo para encontrar tu balance y no sentirte enfermo. Después, para continuar ecualizando, te serviste un vaso de ron de una botella que guardabas en la misma gaveta de placeres e indulgencias. Lo tomaste de golpe, te serviste otro y lo tomaste de la misma manera. Dejaste que las sustancias hicieran su trabajo y se esparcieran por tu cuerpo; comenzaste a sentirte poderoso. Te cambiaste de ropa y cuando te disponías a regresar donde tu esposa, a recibir tu recompensa por un día más de trabajo arduo, desde la puerta miraste hacia la gaveta, detuviste la vista por un instante y pensaste “¿por qué no, carajo?”, y repetiste la dosis.

          Ella escuchó tus pasos bajar la escalera, y no pudo evitar el deseo de llorar, respiraba de prisa y su boca exhibía una mueca grotesca, parecida a la sonrisa común de un loco de manicomio. Aún no terminaba y sabía lo que pasaría, ya lo había vivido tantas veces y cada vez era peor. Pensó en sus hijos, “quizás esta vez me encuentren muerta”. Trataba de servir la mesa, pero le temblaban las manos y se le cayó un envase que contenía la ensalada recién picada. Cuando regresaste a la cocina y te topaste con que aún no habías sido servido como exigías, y ver a tu esposa recogiendo hojas de lechuga del piso, te cegó una ira de coca reforzada con combustible de 80 grados prueba.

          –Mujer, evita la violencia doméstica, sólo tienes que hacer las cosas bien y cerrar la boca –dijiste con una sonrisa de burla.

          Las palabras te salían ahogadas, trillabas los dientes y movías la quijada de lado a lado como si tuvieses un tic, una señal clara de que la droga hacía su trabajo. La agarraste por el cuello, la levantaste bruscamente y la empujaste hacia la estufa. Con crueldad en la mirada, le rozaste la cara muy cerca de la cacerola donde hervían las habichuelas, y dijiste:

          –Estoy harto de tu holgazanería y tu dejadez, la próxima vez que llegue a la casa y no esté lista la comida, tu cara va a ser el plato principal.

          “Me va a matar, me va matar”, gritaba en su interior. Tal vez fue el intenso calor de la olla o la acumulación de abusos previos, pero mientras su cabello flotaba en el líquido rojo hirviendo, y uno de sus pómulos tocaba el borde caliente de la olla, aterrorizada y sin pensarlo, agarró un enorme cuchillo al lado derecho de la estufa; un regalo que le hiciste hace tiempo. Vio su mirada de miedo reflejada en metal lustroso, y no quiso verla jamás. Cerró los ojos, apretó los dientes con rabia y lanzó la mano armada; la hoja paso tu piel sin esfuerzo y sin hacer ruido alguno; la hundió varias veces en el centro de tu abdomen y luego en el pecho. Ni siquiera tuviste tiempo para sorprenderte, soltaste un largo grito de dolor, similar al que emiten los cerdos en el matadero. Trataste de defenderte, pero la profundidad y precisión mortal de las heridas, te impidió hacer movimientos de lucha efectivos; te desplomaste sobre la estufa encendida; las ollas volaron y su contenido se esparció por el suelo. Tu piel hizo contacto directo con las hornillas, que calentaban a su máxima intensidad y exhibían un color escarlata brillante, como lava de volcán. Luego de algunos movimientos bruscos y sonidos de agonía, tu cuerpo quedó inerte sobre la estufa, cocinándose con rapidez.

          Tu esposa soltó el cuchillo ensangrentado, se dejó caer al suelo, encogió sus piernas y las abrazó. Sin decir palabra, observó todo a su alrededor, como buscando algo que desconocía o no encontraba. La sangre se mezclaba rápidamente con el líquido derramado y pronto cubrió el piso de lozas blancas, como una masa con vida propia, que crecía y se acercaba. Comenzó a llorar desconsolada pero en silencio; con desquicio en la mirada, observaba tu rostro quemarse y expeler un humo oscuro y constante, que se esparció por toda la casa. Aterrada, apenas podía moverse, pensaba en los niños, que jugaban en casa de un vecino cercano y pronto llegarían al hogar. No sabía qué hacer, ni a quien llamar; su confusión crecía; “¿con quién se van a quedar?”; la vergüenza, la cárcel; “¡está muerto!”. La sangre se acercaba, encogió más las piernas, para evitar el contacto pero fue inútil; cuando al fin le alcanzó los pies, comenzó a descontrolarse. Por instinto trató de limpiarlos, pero cuando vio sus manos pintadas de rojo viscoso, ya no pudo más; estalló en un grito anómalo que brotó de sus entrañas, cruzó por las puertas y ventanas, se escuchó a lo largo y ancho de la calle, y fue seguido por un desagradable olor.  Algunos vecinos pensaron que era el olor de algún cerdo que se quemaba.

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