Cándido y la reinvención

Por: J.A. Zambrana

(Derechos Reservados)

Con la copa levantada hacia el Señor, quiero hacer un brindis por ti, mi inseparable amigo. Porque te tocó empezar otra vez; te tocó reinventarte. Ese trillado término utilizado por los profetas de la autoayuda y los políticos, para vender planes de vida absurdos e ideas descabelladas. Como en todas las historias de reinvención, en la tuya sucedió un evento drástico que “destruyó” el invento original y lo llevó a mutar en otra cosa. Hace más o menos trescientos sesenta y cinco días (específicamente el día de tu cumpleaños), después de varios meses de proposiciones deshonestas y amenazas solapadas, por negarte a hacer lo incorrecto, fuiste despedido de una Municipalidad , por un alcalde a quien llamaré de muchas formas excepto por su nombre. No pienso denigrar estas letras perpetuando en ellas el nombre de semejante fragmento de hombre. Sí, fragmento; que es mucho menos que medio; sólo así podemos llamar a quien no tiene (ni tendrá) el carácter para mirar de frente. Pero claro, no se puede mirar de frente cuando se hunde un puñal por la espalda. Por el momento le llamaré Voldemort, gracias a sus similitudes con aquel mago bisexual: poderoso, temperamental, desquiciado, hipócrita, traicionero; un macho-misógino-homofóbico con un serio problema de identidad sexual, que lo hace reprimirse, disfrazarse de monje y esconderse detrás del crucifijo de su rosario y de un cerrado círculo de acólitos kamikaze. Para “darte la patada en el culo”, Voldemort envió a una de sus sombras más rastreras, una serpiente que se mueve por debajo del polvo; un Mamarracho que exigió tu carta de renuncia, pero al leerla no la aceptó al considerarla incriminatoria para el y Voldemort, ya que denunciaba sus acciones. Por eso, con rostro de quien teme a ser golpeado, se escudó detrás de una dama con lentes y te entregó aquel escueto documento terminal que no expresaba ni razones ni motivos, pero que debió decir: Por negarse a salvar al fetiche del jefe. Luego, la muy malasombra te escoltó hasta la salida y frente a todos, te echó como a un delincuente. Curioso que los verdaderos delincuentes permanecen.

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Tu proceso de reinvención, que bien podría llamarse “adaptación sin remedio a lo que te tocó”, comenzó semanas antes de la encerrona y ejecución de aquel extraño día de cumpleaños. Te habías preparado para ese momento, ya que sabías lo que iba a suceder; tus superiores eran absurdamente predecibles, te daban señales demasiado claras. Hasta lo comentaste entre algunos de tus compañeros que decían que estabas loco. Fue por eso, que el mismo día que Calígula te echó de sus dominios, una hora más tarde ya estabas almorzando con tus nuevos compañeros del bufete de unos excelentes abogados y amigos. Desafortunadamente la profesión legal en estos días está tan agria como cualquier otra (excepto la política), y tu nueva empresa privada no resultó tan lucrativa como lo era servir para la horda de San José. Entonces entendiste que aquel jugoso salario no respondía a la complejidad del trabajo, era una herramienta de persuasión para guardar silencio.

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Sin darte tiempo a pensarlo hacer un plan, llegó la enfermedad a tu hogar y aunque tuvieron la suerte de erradicarla, los efectos mentales, físicos y económicos, dejaron algunos surcos profundos. Te diste cuenta de que necesitabas con urgencia otras fuentes de ingresos y que tal vez debías hacer algo distinto para obtenerlas. Pero ni los “cupcakes” ni las charlas de motivación te parecieron viables. Sin analizarlo demasiado minimizaste los gastos, simplificaste tu práctica y con los ojos bien cerrados(¿o debería decir bien abiertos?) te escondiste entre tus letras. Casi un año después, profanas la literatura en un Blog, completaste dos libros (uno estará disponible en el verano) y casi terminas tu primera novela: Tiburón. Pero te sientes como en aquella escena de Jerry Mcguire, cuando antes del desastre el protagonista cantaba “Free fallin”. Así te sientes: Libre, en caída libre.

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¿Qué es reinventarse? Aceptar, resignarse; agarrar una mierda de trabajo que paga la mitad de lo que ganabas u otro que paga mejor, pero que los cheques llegan cuando la economía lo permite. ¿Qué es la maldita reinvención? Es aceptar que ya no serás lo que fuiste y entender que la suerte nunca toca a tu puerta, que eres tú quien toca y ella quien decide abrir cuando le parece. “La necesidad, es la madre de la invención”, dijo alguien que seguro tuvo que reinventarse. Debe también ser la hermana de la adaptación, a quien los amigos de la autoayuda han rebautizado como: Reinvención. La autoayuda, opio para los inocentes; una nueva religión, que como todas, desafía la cordura de la lógica más simple. Ahora los maestros-quasi-sacerdotes son “coaches”, otros son “life-coaches”. ¿Qué hostias es eso? Son como Barney para los adultos*. Para hacer reír a los infelices (atontarles y sacarles mucho dinero) bailan y cantan todo tipo de teoría ridícula, dizque para encontrar la felicidad, y todas incluyen la palabra “reinvención” o sus conceptos derivados.

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¿Qué es en realidad la reinvención? Adaptación… Conformismo… Como la vez que te diste cuenta de que estabas acostumbrado a la cerveza artesanal servida en la copa gorda de cristal. Se te hizo muy duro entender y aceptar que sólo te quedaba para medallas en lata y a precios de “Happy hour”. Aunque dadas las circunstancias, tal vez debamos cambiar ese concepto a: “Sadness hour” o “Badest Moment”. ¿Qué es? ¿Quién se la inventó? ¿Te reinventaste tú? No sé si lo lograste, pero sí que buscaste la manera de hacerte invisible (aunque nunca te gustó llamar la atención), te transformaste en una presencia imperceptible. Observas a distancia y tomas notas para construir las historias que ocupan gran parte de tu tiempo; que aunque no te dejen ganancias, son leídas por algunos locos y otros curiosos.

No sé si cualifique como reinvención, pero aprendiste a usar los cupones de restaurantes de comida rápida, que antes tanta vergüenza te causaban. Ahora los preseleccionas semanalmente y diseñas todo un variado menú para los días que no llevas la comida que sobra del día anterior. También encontraste muy buenos sabores en aquellas góndolas del súper a las que tanto le huiste por años. Descubriste un whisky sin etiqueta negra, diez dólares más barata la botella y aunque no lo puedes creer te gusta más. Si eso es reinvención entonces sí que te reinventaste; te rehiciste casi entero. Hasta tu físico se reinventó, regresó a como era hace 10 años, antes de los excesos gastronómicos y las largas horas sentado en la rueda de la hipocresía gigante. Tu reinvención llegó al punto en que ante los gastos de mantenimiento, reparaciones y combustible, guardaste en la marquesina tu carrito europeo y deportivo (que no es nuevo, pero tiene mucha personalidad) y compraste una bicicleta muy liviana, hecha para la velocidad y el maltrato (en cuanto a la velocidad de tus vehículos no te interesa la reinvención). También comenzaste a usar la transportación colectiva. Emilio tenía razón cuando te dijo que a aquellos a quienes de verdad les gusta escribir, vivirán condenados, por puro placer, a pescar historias en el transporte público (no lo dijo así, pero esa era la idea).

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No todo se te hizo tan simple, sé que hubo momentos en que la vergüenza te picó en los ojos y te pateó fuerte el estómago, en el lugar exacto en que se acumula el amor propio. Si que se te hizo dura la fila del desempleo. Para tu sorpresa no era larga, todo estaba automatizado y corrió de prisa. Lo que te llevó a pensar que sería un trago amargo, pero de rápida digestión; que lejos estabas de la realidad. Cuando el empleado te dijo: “Tenemos un problema, tu pasado patrono nunca paga las primas, y espera a que los desafortunados reclamen primero. Tienes que regresar allí, para que te llenen este documento”, y te entregó un papel. Sudaste frío, mordiste la bala del orgullo y preferiste buscar ingresos en otra parte, aunque fuese un derecho en ley, era como regresar a pedir limosnas. No existe la reinvención, sólo se resigna uno; lo aprendiste en la marcha. Nunca te quejas en voz alta y cuando lo haces, es curioso que sólo te quejas de los días de lluvia, dices que no hay nada peor, aunque en el fondo los agradeces. No importa cuánto te guste la velocidad y el viento en la cara, no hay manera de escaparse del agua cuando se anda en dos ruedas. Por eso los días de lluvia te sientas en el escritorio frente a la ventana, aprietas las nalgas a la silla y mirando el poco patio que te queda, escribes todo y cuanto puedes hasta que sale el sol. Casi siempre cuando pasa la lluvia, el viejo farol de las ideas está encendido y comienza la lucha entre escribir o cumplir con las dolorosas obligaciones necesarias para cubrir la carne del refrigerador y otras comodidades menores.

Pienso que tuviste mucha suerte en tu andar por la línea de la adaptación, como las bacterias o las cucarachas que sobreviven donde quiera. Tuviste más que suerte cuando al prescindir de algunas comodidades y otras banalidades, pudiste escuchar a lo lejos el sonido de algo que estaba ausente y que hacía mucho andabas buscando: tu voz. Tuviste suerte de encontrar algo mucho, pero mucho, más gratificante que servir de asesino a sueldo para un régimen totalitario, porque es denigrante vivir en silencio. Fue necesario cambiar la panadería, el restaurante de los viernes y hasta el sistema de transporte, pero has llenado tus vacíos con cada tecla, cada letra, cada oración, párrafo, hasta el punto del fin. Son como pequeñas dosis de una maravillosa droga. Sé que no mentías cuando dijiste: “Me volví adicto al vicio de hacer figuras con letras”. ¿Serás un simple conformista? No lo sé. Sólo sé que este juego con las letras, es para ti como un baile que no acaba, una danza con ideas que se transforman en medio de una copula apasionada entre lo abstracto en tu cabeza y la realidad o la fantasía con que lo materializas. Cada línea completada es asestar una embestida, una penetración profunda en la flor de la estética y lo sublime. Un juego húmedo de cálidas palabras que oscilan entre aspiraciones, succiones y hasta mordidas que te dejan exhausto. Pero cuando lees el producto final sientes el terremoto, la sacudida de los sentidos que arrastra una poderosa y orgásmica satisfacción, que las palabras no pueden explicar.

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Un viejo loco dijo una vez: “Aquellos que sacrifican la libertad, por la seguridad, no merecen ni la una ni la otra”. Puedes darle gracias a la vida por ponerte en ese punto del camino en que se escoge entre lo correcto y lo que conviene. Como Alí, cuando le sacó el dedo al Tío Sam. Circunstancias que te dieron la oportunidad de probarte que tienes las pelotas para sostener lo que piensas, sin que te importen las consecuencias. Algo que Calígula Voldemort jamás podrá decir sin que tú puedas probarle lo contrario. Esa es tu maldición y tu suerte a la vez; el precio que tocó. Te condenaste a vivir en la modestia y la medianía; a no viajar dos veces al año, ni cambiar el carro cada tres. Te condenaste a escuchar las historias de abuelitas solitarias que andan en las guaguas públicas, buscando a quien contarlas. Te condenaste a ver la gente a la cara, a mirarlo todo de frente. Y aunque nunca podrás considerarte humilde y de tanto en cuando sacas el cochecito deportivo de la marquesina, para dar un paseo que satisfaga tu gusto y necesidad por la velocidad (superficialidades de chicos inmaduros), aprendiste a entender la virtud y la conveniencia de la sencillez, la modestia y hasta el minimalismo.

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Brindo porque no pudiste reinventarte, nunca podrás. Como cuestión de hecho sigues siendo la misma bestia, tal vez un poco más salvaje. Sin esperarlo, tu voluntad se convirtió en una inquebrantable, pero muy maleable armadura, y tu coraje en una espada de fuego con un excelente medidor de temperatura. Brindo porque te adaptaste a deslizarte sobre terrenos áridos, sobre escollos y entre tormentas. Ver las hienas y los cerdos alimentarse con las sobras de tu carroña, te enseñó a sobrevivir entre alimañas. Quizás te convertiste en una o simplemente dejaste salir el demonio oculto que te ayudó a sobrevivir como las cucarachas y las bacterias. Porque se vive desde la reinvención, aunque sea sobreviviendo, se vive… ¡SALUD!

“Happy birthday, Chuck E. Black”. Siempre, tu hermano Cándido…

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