Flechas

Por: J. A. Zambrana

(Derechos Reservados)

          Escapaban de las lanzas y flechas arrojadas por un numeroso grupo de indígenas. Con impresionante destreza, él se deslizaba entre los árboles; era tanta la gracia de sus movimientos que parecía flotar. Ramas, lianas, troncos, hacía de todo su entorno un eficaz mecanismo de transporte. Ella se agarraba con fuerza, lo abrazaba con ambas manos, aterrorizada por el miedo a caer; pero tan segura de que la atracción que sentía por ese hombre con hábitos de primate, era suficiente para sostenerla en el aire y hacerla volar. Cuando no hubo peligro, con suma delicadeza la tendió y se posó junto a ella, sobre una frondosa copa desde la que podían apreciar espesura de la selva. Jadeaban por el cansancio de la huida y sólo pulgadas los separaban. Ya no había amenaza, pero la tensión entre ellos era más peligrosa y poderosa que las saetas enemigas.

           Como imanes de mundos opuestos, y sin decir ni una sola palabra, sus cuerpos fueron juntándose de prisa. Las bocas se fundieron en un beso profundo y animal. Una nueva experiencia para ambos; aunque ella, alguna vez en sus años de colegio, conoció la atracción hacia otros chicos, nada comparaba con el torbellino actual. Jamás había sentido tan altas temperaturas en el cuerpo. Él por su parte, tampoco había vivido algo semejante. Era la primera vez cerca de una mujer, su cuerpo no respondía, se movía involuntariamente sin que pudiese controlarlo. Era el llamado de la piel, un lenguaje que hasta ese instante había sido desconocido para ambos.

          Escucharon ruidos y voces a lo lejos, pero el deseo era más fuerte que el miedo. Mientras se devoraban los labios, entre movimientos y atisbos de frenesí, una de las manos del hombre se posó sobre el pecho de la mujer, con tanta fuerza y desespero que le causó un dolor agudo que, lejos de asustarla, aumentó la excitación y la llevó a empujar el torso hacia adelante para recibir más. El reaccionaba sorprendido ante la presión que sentía por el cuerpo y que se erguía con fuerza entre sus muslos. Sin necesidad de palabras y por puro instinto ella separó las piernas. El se acomodó entre ellas, como si supiera perfectamente a donde se dirigía. Las corrientes y ráfagas que le causaba aquel salvaje con conducta de simio, eran más de lo que su voluntad podía soportar. Arrastrados por la fuerza desconocida de la primera vez, y sin despegar los labios se olvidaron de todo alrededor y se entregaron por completo a la pasión de un deseo incontrolable.

   No se percataron del indio que, sigilosamente, subió al árbol y con ojos de lujuria observó por un momento la hermosa imagen de éxtasis y gloria, justo antes de atravesarlos con la misma flecha.

FINAL ALTERNO Para todos aquellos que no entienden la magia y la belleza del final original, aquí les puse un final alterno que seguro les hará sentir mejor; sólo tienen que leer de nuevo y sustituir el último párrafo por el siguiente:

          Silbando al lado de sus cabezas una muy inoportuna flecha enemiga se enterró en el árbol e interrumpió la magia del momento. Él la sujetó (con más esfuerzo que antes, ya que el descontrol en su entrepierna limitaba los movimientos). De un solo salto, se lanzaron nuevamente a la huida, esta vez dejando una estela de feromonas y olores a carne y sexo que desconcertó a sus perseguidores y les permitió escapar. Ya no importaba el riesgo, sólo el deseo. Las flechas no durarían por siempre y aún quedaban muchos árboles donde volverlo a intentar.

flecha

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