Cándido y el juicio del Tuerto

ABOGADO PRESENTA RENUNCIA Y DICE ADIÓS A LOS POBRES        

Desvelado por la tensión que le provocan sus asuntos cotidianos, el viejo Cándido Corrienti Comuni, enciende la computadora, entra a la página de su periódico nocturno favorito y comienza a leer la noticia de primera plana…

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“ÚLTIMA HORA”

EL CHINO RENUNCIA: “NO MÁS INDIGENTES”

Por: Chuck E. Black 

Nota del Editor: El Periódico Nocturno El Megáfono, no se responsabiliza por comentarios editoriales o soeces expresados por nuestro reportero Chuck E. Black, pero, sí damos fe de la veracidad del contenido de sus reportajes.

Bitácora de Chuck E.:

Primera parte: Vicenzo y Lorenzo

               Finalizó el caso. El del Tuerto. Mejor dicho, el del Chino, el Tuerto no dijo palabra alguna. No puedo creer el resultado, pero siempre es así la justicia, hace que mis tripas se coman entre ellas. No quería reportar esta noticia. No puedo escribir nada sin pasiones ni personalismos. Me harté de casi siete años de escuchar idiotas en los medios, con disparates color mostaza para vender sus programas. Pero no me queda más remedio, así es este negocio. Además, soy quien mejor conoce los hechos y el primero en señalar las estremecedoras similitudes con el caso del otro chico asesinado en el 2009, Lorenzo. Esa vez la reacción colectiva fue distinta. La gente, idiotizada, quiso creer que para ocultar un terrible secreto, el Gobierno entrampó al delincuente vagabundo de sólo un brazo.

          Los niños asesinados eran idénticos, podían pasar por hermanos. Incluso sus nombres eran parecidos: Vicenzo y Lorenzo. Ambos de ocho. Cabellos como el sol de las mañanas tibias. Ojos del azul perfecto para combinar con aquellas pieles blancas, matizadas con un rosadito especial producto de la resolana de los domingos de soccer (nunca me gustó esa palabra, suena a sucker, a mamón, como los european-cool que disfrazan con banderas del Real Madrid o Barcelona). Aparecían sonrientes en todas las fotos que obtuvimos para los reportajes. Eran la evolución del bebé de Gerber, la imagen perfecta para interpretar el codiciado papel del niño Jesús en las obritas ñoñas del colegio. Todavía me pregunto si un par de negritos, bizcos y con mellas, hubiesen causado revuelos tan viscerales y diferentes en el populacho. La mejor de las casualidades fue que, los asesinos, ambos, poseían “defectos físicos” y por pura crueldad o mera redundancia, la gente los llamaba por sus “carencias”: el Tuerto y el Manco. Otra reacción que no podré explicar, es el repudio que todos le dieron al Licenciado Chao Lis Ting, abogado del criminal de un ojo.

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          No es secreto para nadie, que por pequeñas aportaciones a sus fiestas de navidad o simplemente por aparecer en mis reportajes, algunos “amigos” de la poli, suelen soplarme asuntos frescos que ocuparán titulares. Fui el primero en cubrir la muerte de Vicenzo. Vi a sus padres en el hospital. Ella no decía nada, tampoco expresaba emociones; estaba como loca en estado catatónico. Él no paraba de llorar, no pude evitar reír ante su patética expresión de ardilla constipada y en pleno pujo. También vi cuando llegó el grupo de policías. Entre ellos Matute Ronca Mucho, el experto investigador de cientos de crímenes, ése perro negligente que no hizo nada al percatarse que las cortaduras en la cara de Vincenzo, no eran compatibles con un accidente. Nunca pude entrevistar a la fiscal que dio la fatídica orden de limpiar la escena y por ende, cualquier pieza de evidencia científica. Claro, ella no sabía que el cerdo de Matute se calló el asunto de las heridas. Ningún padre quiere ver la sangre de su hijo muerto, expuesta como un cuadro de Jason Pollock encima de una sabana. La familia limpió la casa y erradicó cualquier rastro del evento y del asesino que confesó estar allí.

           Si alguno de esos imbéciles hubiese hecho su trabajo, no habríamos presenciado aquel prolongado circo; esa comedia absurda que ocupó por tanto tiempo los titulares de los programas de las 5:55pm. Los aficionados al bochinche, que se hacen llamar reporteros, fabricaron todo un reality show que fue seguido y promocionado por los cientos de noveleros de las redes sociales, que nunca han leído una novela, pero son adictos a los maratones de “series” turcas. Para ganar ratings con desinformación, atacaron sin piedad con ráfagas de especulaciones. Sin que ningún oficial de la ley se expresara acerca de los hechos, le adjudicaron la muerte a los padres. Armaron paneles de psicólogos (sin licencia) y otros mal llamados “profesionales”, para afirmar que la madre era fría y calculadora, y el padre tan pero tan llorón que en poco tiempo confesaría el crimen. Motivada por los chismes de esos bastardos, la gente en la calle, la menos pensante que es la súper mayoría, juzgó y emitió veredicto de culpabilidad, más allá de cualquier rumor irrazonable. Se corrieron teorías de alcohol, drogas y hasta orgías sexuales con Mandy Ruiz, un amigo de la pareja, a quien la hermana mayor de Vicenzo (Graciela), alegó ver en la casa la noche de los hechos.

          De inmediato los hermanos de Vicenzo fueron llevados a un hogar sustituto. No tengo hijos, pero supongo que cualquier padre haría hasta lo incorrecto para ver o al menos escuchar los suyos. Por eso escurrieron un teléfono a través de la “seguridad” del hogar. Eso fue pólvora para los mastica calumnias, aseguraron que la madre influenciaba a las niñas para que mintieran a las autoridades.

          El Tuerto fue detenido poco después del asesinato. Era negro, unos seis pies de estatura, con un afro desaliñado y un tétrico orificio, donde se suponía estuviese el ojo derecho. Su aspecto era desagradable y aterrador. Vicenzo no fue el primero, ya había matado antes; varias veces. Confesó de inmediato y sin que nadie le preguntara. Nunca supe por qué, pero, aunque la evidencia dijera lo contrario, uno de los primeros fiscales, Antulio Troquel, lo exoneró, descartó la confesión y continuó señalando públicamente a los padres como posibles asesinos. Los chismosos culparon a la pareja de fabricar un caso contra un inocente, solo porque era negro, pobre e impedido. La gente compró la teoría y gritaban a coro que el Tuerto era inocente. Uno de los policías que tomó la confesión, indignado por la acción de los fiscales y la estúpida reacción del pueblo, me la hizo llegar de forma anónima y en video, grabada extraoficialmente con su teléfono móvil. Cuando la publicamos en El Megáfono, la opinión general cambió en sólo horas, cuando vieron el aspecto de depredador y escucharon la voz de cantante de música urbana, narrando como destrozo la cara del niño con un cuchillo de cocina. Detalles malditamente precisos, acerca de las heridas, de la casa y el contenido, que no dejaron duda de su culpabilidad.

         El populacho pidió la cabeza del Tuerto, cientos coincidían en que querían arrancarle el ojo que le quedaba. Se preguntaban cómo era posible que un asesino confeso estuviese libre. Los primeros fiscales se negaron a acusarlo, tal vez porque sabían de antemano que, sus propios errores lo exonerarían. Para la suerte de los sospechosos señalados, pasaron las elecciones y los recién llegados fiscales, le metieron varillas de fustiga a los agentes para que completaran la investigación, en vista de que ya todos sabían quien había matado a Vicenzo. Pero la poli siempre será la poli, meter la pata es un deber. Para variar, Matute y el combo se pasaron por sus asquerosos traseros los procedimientos. Al tomar la confesión nuevamente, lo hicieron como lo hubiese hecho la Gestapo: nada de advertencias ni siquiatra, cámaras apagadas; nada que ayudara a ganar un caso. Luego, para tratar de enmendar las cagadas y darle un poco de solidez a la mierda, llevaron a el Tuerto al FBI, para que los expertos gringos lo interrogaran con su solemnidad perfecta. Pero, para la suerte del asesino y la indignación de los que pedían su ojo, los genios del buró de las tres letras, la cagaron igual que los locales.

          Por eso de nada sirvió el testimonio de la fiscal federal, por más respetada y toda la cosa. El ya famoso abogado de el Tuerto, bautizado por todos como el Chino, se encargó de hacer inexcusables ese tipo de fallas en una funcionaria de aquella categoría. La narración de la mujer fue desgarradora, se escuchaban los gimoteos entre las personas sentadas en los bancos de la sala, siempre tan llena como una Misa de Gallo. Los detalles exactos que le contó el Tuerto: el cuchillo, las cuatro puñaladas al rostro; “mucha sangre”, decía. El Chino hizo su mejor despliegue de malas técnicas histriónicas, brincaba y hacía monerías, como payaso de circo en medio de la función. Logró confundirla y la hizo lucir como incompetente; como hizo con todos. No hay forma de no confundirse cuando te lanzan tantas piedras a la vez, siempre te pegan algunas. El abogado cuestionó la legalidad de la confesión, exigió grabaciones y cosas que no existían por error y dejadez de la funcionaria. La declaración y la confesión fueron suprimidas de la evidencia, pero la gente no pudo suprimir lo que escuchó.

          Al igual que con el caso de Lorenzo, los fiscales del chisme seguían con sus líneas amarillas en contra de los padres y a favor del Tuerto. Pero, después de la grabación la gente no les creyó, contrario a lo que pasó con El Manco, que todos aseguraban que el Gobierno Federal, el Estatal, Wall Street y hasta la Mafia, confabularon contra el “unibrazo”. Los cuentos de drogas y orgías, no superaban la ira y el morbo que causó en la gente la confesión en video que publicamos en El Megáfono. Esa parte particular, cuando dice como enterró el cuchillo y escuchó el crujir del cráneo…

Segunda Parte: El Chino

        El abogado del Tuerto, era un hombre joven. Nacido en Puerto Rico, pero de padres y rasgos chinos. Desde niño trabajó como perro en el restaurante familiar. Limpió mesas y sirvió egg-rolls hasta culminar su juris doctor (término con el que, en alta voz, se auto proclaman los que estudian derecho y no pasan el examen de reválida; los que sí lo pasan, simplemente, se llaman abogados). Por suerte de Affirmattive Action, consiguió trabajo en la oficina del gobierno que defiende a los indigentes. Un buen cheque en tiempos de crisis, beneficios, retiro y toda la cosa: están bien pagos los abogados de los pobres. Además, ese era el mejor lugar para practicar y meter la pata sin mucho riesgo de quejas éticas; defendiendo delincuentes de carrera y muertos de hambre, sin exponerse a los chichones y boquetes de la práctica privada, a los colmillos sodomizantes de los dueños de bufetes caros ni, mucho menos, a los sádicos y delictivos caprichos de los políticos y sus “puestos de confianza”.

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    Muy poco elegante y demasiado feo el Chino ese; su abuelo tiene que ser un perro pekinés. No es mal abogado, hizo muy bien el trabajo de entorpecer el ritmo de los fiscales. Además, le encantan las cámaras, agarró de salir en todos los programas locales, hasta en los de comedia, “trillando” el cuento de la superación del inmigrante. Resultó ser una verdadera enema de ácido sulfúrico para los testigos, en especial los polis. Me gustaba como los maltrataba, los hostigaba con ésa marcada descortesía de criminalista que ha pasado mucho tiempo entre delincuentes. Los enredaba con preguntas ridículas, pero complicadas, les estrujaba sus errores y los hacía lucir como una pila de brutos mentirosos, aun cuando decían la verdad los pobres perros. 

       La gente lo detestaba. Sabían que ganaría el caso y trataron de boicotearlo. Uno de los “hombres-ancla” de un programa de las 5:55pm (ése que todos dicen que le gustan los jovencitos vestidos con uniformes de estudiante de colegio católico), le hacía mala publicidad y creó una página en el Facebook, llamada: “Boicoteando al Chino”. Cientos despotricaron contra el asiático-boricua, le decían: corrupto, vendido, sucio, salva delincuentes; vuélvete a China con los comunistas; Vicenzo se retuerce en la tumba cada vez que abres la boca, y muchas otras vulgaridades imposibles de publicar. En la calle lo atacaban con gritos, le preguntaban cómo podía dormir con su conciencia; se convirtió en el enemigo número uno del pueblo. Crearon memes que decían: “El Chino: Un tecnicismo para cada culpable”, “¿Eres culpable? No importa, llama al Chino”. Decían que era peor que esos abogados famosos que se especializaban en liberar narcos y asesinos, porque se le pagaba con dinero del pueblo.

      Como olvidar aquel día en que, como si quisiera escupir en el rostro de sus detractores, muy sonriente ante las cámaras del programa de Jason Fecast, el Chino dijo: “Mi cliente está loco y puede imaginar lo que le venga en su insanidad. No importa la confesión ni su macabro parecido con la realidad, ya que se obtuvo de forma ilegal. Además, el Estado no puede probar la veracidad, porque no hay nada que indique que el señor Tuerto estuvo en casa del niño Vicenzo. Si la policía y el Ministerio Público hubiesen hecho su trabajo, tal vez hoy la realidad sería otra.”, lo que sea que eso signifique. Después de esa entrevista, hubo que asignarle una escolta policiaca. Recibió amenazas, vehículo vandalizado, hasta su hija fue acosada en la escuela. Pero el chinito no se amilanó, siempre con su fea, pero, simpática sonrisa. 

       La primera audiencia fue la crónica de una paliza sucia. Los testigos declaraban acerca de sus respectivos errores y negligencias; no hubo un solo agente o investigador forense que pudiese defenderse del embate del Chino. Nunca debieron radicarlo. Pero, el Gobierno necesitaba contarle al país lo que tanto querían saber, los detalles ocultos de lo que pasó esa noche. Querían aclarar que no hubo orgías ni carnavales de drogo cultura, nada de lo que corrió en los medios por años; sólo una familia destrozada por la pérdida de un hijo. También querían que los responsables de las cagadas dieran la cara por ellas. De cierta forma funcionó, ya que todos los agentes que la embarraron, fueron masacrados y ridiculizados por el abogado y luego condenados por la gente. La masa de gritones desinformados, al fin, tuvo lo que tanto quiso: morbo transmitido gratis y por televisión local.

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   El peor de todos fue el investigador privado. La personificación de lo absurdo y desagradable. Con el aspecto del tío Cosa y la actitud de Magnum P.I., aquel genio del truco aprovechó la oportunidad y publicó el libro que, pensó, lo salvaría de la pobreza. Se pasó la ética por los cojones, sabía que lo que hacía no era correcto, pero no le importaba que lo despojaran de la licencia de detective. Estaba seguro que se pegaba en la loto, con su charlatanería de Papá Ganzo; que aquella madeja de disparates, pésimamente escritos, le dejaría los millones que jamás conseguiría con integridad. No debe sorprender que se fuera a los programas de las 5:55pm a darse promoción. Fue patético, el Chino logró sacar lo peor del individuo, todo el odio acumulado contra la familia que lo despojó hasta de la salud, cuando lo demandaron y ganaron. Era evidente que trataba de usar su testimonio para sembrar dudas contra los padres de Vicenzo, repitiendo las teorías de su libro o como sea que se le llame a semejante abominación literaria. El editor de El Megáfono, dice que en tiempos de crisis el detective usa los libros que le quedan como papel de baño.

    Buscando sembrar dudas, el Chino fue implacable con la madre, formuló demasiadas preguntas de índole sexual que nada aportaban al caso. Reavivó todas las teorías de chismes, la fiesta tipo orgía con alcohol y drogas. Cuando le tocó el turno a la hermana mayor de Vicenzo, esta aceptó en corte abierta, haber mentido en relación a la presencia de Mandy Ruiz en la casa la noche del asesinato. La joven reveló que mintió debido a las presiones de los fiscales anteriores que, le exigían que hablara y le reprochaban por no servir de nada para encontrar al matador de Vicenzo. Dijo sentir que el fiscal Troquel le insinuaba que declarar.

      Después de todo el circo, ante la falta de evidencia que conectara al maldito Tuerto con la escena del crimen, con mallete tembloroso el juez lo absolvió; aunque estoy seguro que deseaba aplicar la pena de muerte para satisfacer las turbas. Las caras de la gente al escucharlo fueron diversas, todas de decepción; llanto, sonidos de espanto, rumores bajos que clamaban justicia. Hasta el Chino estaba decepcionado con el resultado.

       Tan pronto acabó el juicio y salió de la sala del Tribunal, rodeado de cámaras y periodistas (como toda una celebridad), más sonriente que nunca, el Chino anunció que renunciaba a la oficina para indigentes. Que ya tenía un bufete propio y listo para operar. Además, mostrando sus enormes dientes, similares las teclas de un piano, anunció que ya comenzó a escribir un libro que estará disponible muy pronto. Estoy seguro que el libro será redactado por algún escritor fantasma y no cabe la mínima duda de que, se venderá mucho más que el del detective desaforado. Las expresiones en los rostros de los presentes eran obras de arte, todas de odio profundo. La experiencia y mi extraña capacidad para prever lo evidente, me dicen que, Chao Lis Ting se verá obligado a cerrar la oficina en corto tiempo, por la exagerada cantidad de clientes sin dinero que solicitaran sus servicios, y que regresará a la oficina para indigentes, donde lo recibirán con los brazos más que abiertos.

      Tuve problemas con el título de este artículo. Ante la imposibilidad de afirmar que el Tuerto mató a Vicenzo, ya que algunos activistas de derechos civiles dirían que difamo al Tuerto,  sólo se me ocurrió algo que provocará a la masa, que los hará retorcerse de la ira, como sanguijuelas sobre sal. Sé que las primeras planas de los periódicos ordinarios dirán: “No causa para juicio contra el Tuerto”, algo que todos esperan, aunque desean lo contrario. Por eso, éste título es una referencia al único hecho probado más allá de cualquier duda razonable (odio el lenguaje jurídico, parece sacado de la Biblia), eso que tanto le dolió a la gente y que no paran de comentar: El Chino le dice adiós a los pobres.

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