Cándido y los cumpleaños en la oficina

Por: J.A. Zambrana

(Derechos Reservados)

“…y endosan el destino como un cheque y eructan, aquiescentes, sin provocar a nadie…y transpiran a veces en dos dedos de frente…”

Mario Bennedetti (Poemas de la Oficina)

 

Dedicado a todos los que quieren sentirse en la oficina, exactamente como se sienten en sus hogares y pretenden que les paguen por la comodidad…

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“Su atención por favor. A nombre de todo el personal y el mío propio, quiero felicitar a los compañeros que cumplen años durante septiembre: Carlota Ayala, de la Oficina de Compras; Eneida Bernardo, de Finanzas; Luis Martínez, del Depatamento de…”

          Es día 15 y, como todos los meses, el Gerente General de la empresa para la que trabajo, felicita a todos los que cumplen años durante el mes. Lo hace ese día para ser equitativo en cuanto a la cercanía de la fecha real; a principios de mes es lejano para los que cumplen al final o viceversa. Al medio día, a la hora del almuerzo, sirven una serie de aperitivos ligeros que incluyen frutas, quesos, cortes de jamones curados y algunas galletas sazonadas con aromatizantes especias: romero, albahaca, tomillo… Nada pesado ni demasiado calórico que acelere los intestinos y atrase los metabolismos del personal. El bizcocho puede variar, pero siempre está servido en porciones razonables, muy prácticas para aquellos que están a dieta. El día pasa como cualquier otro. Claro que nunca faltan las felicitaciones y la entrega de algún obsequio, pero el ritmo de trabajo no cambia; todos producen con el profesionalismo de siempre, sin que la nimiedad de envejecer sea una prioridad de vida que afecte las funciones.

          No puedo evitar recordar los días de cumpleaños en mi trabajo anterior, en una oficina del Gobierno. Eran ciento ochenta grados a la inversa. Una recreación de aquellos cumpleaños que los padres les celebraban a sus hijos en las marquesinas amplias o las casetas del Parque Muñoz (Rivera o Marín: padre e hijo, maldita “casualidad”). Bandejas repletas de galletas, pasta de guayaba, los clásicos sandwichillos de mezcla y el salchichón que amarra la lengua. Los dips caseros, con jamonilla, queso y piña; el de carne molida con salsa y más queso encima, y otras creaciones iguales y hasta más pesadas. Todo un atentado a la salud, un ataque con arma mortífera al bienestar físico de cualquier ser humano.

          Si tomas esa pila de calorías, grasa y azúcar, la multiplicas por los cumpleaños individuales de cada empleado, más las otras celebraciones que se llevan a cabo cada mes de cada año, que incluyen y no se limitan a: Navidad, Día de Madres, de Padres, Acción de Gracias, San Valentín; el que se retira, el que renuncia, el que se va a operar, el que llega de ser operado; los que se casan; la que se va a dar a luz, el papá del nuevo bebé y hasta el consuelo por divorcio, además, le sumas que el Gobierno es el patrono con más empleados, encontrarás la razón para el exceso de obesidad y enfermedades cardiacas de este país. Y ni hablar de la incidencia de cáncer y otras catástrofes causadas por esa pésima alimentación.

          Muy a pesar de la salud pública y las finanzas de los seguros médicos, esa mala costumbre de los empleados del Gobierno, no puede ser eliminada ni moderada. Sería un atentado a la paz organizacional, los empleados lo tomarían como una afrenta mortal a sus derechos; sí, a sus “derechos”. Las autoestimas nulas de muchos de esos faltos de profesionalismo, compromiso y amor propio, requieren que se les de reconocimiento por envejecer y se les permita comer frosting con libertad. Es difícil dirigir una oficina del Gobierno de Puerto Rico, en las que, en el noventa y cinco por ciento de los casos, el reclutamiento se hace a dedo político y pasándose el mérito por la parte central de los glúteos. Mantener la cohesión y productividad de ese tipo de corillo en el que todos se empujan y se meten los pies para conseguir beneficios, es casi imposible. Requiere de demasiada paciencia y de ser lo suficientemente cándido para creer que puedes lograr un cambio en la mentalidad de una subcultura en la que no se recompensa el trabajo honesto. En la que los amigos del color correcto se reparten los ascensos, los bonos y los premios, de acuerdo a quien pegó más pasquines o compró más taquillas o quien lamió con más profundidad la retaguardia del político de turno.

         Celebrar tantos cumpleaños te hace envejecer más a prisa. No sólo por el exceso de azúcar, harina, huevo, cola y toda la chatarra que te endilgan, no, también por la verborrea de mierda que a veces tienes que escuchar: bendiciones, oraciones, discursillos de autoayuda más trillados que el “ay bendito”, que me hacen pensar que parte del intestino les desemboca en el hipotálamo. Toda la idiotez contenida en las cabezas de un grupo de seres que nunca conoció el significado correcto de la palabra prioridades. Los peores son los religiosos, esos que ocultan la mala fe y las lenguas de culebra rastrera, detrás de pasajes bíblicos y tarjetitas con frases y salmos para niños de tercer grado. Siempre pretenden hacer de la cantata una larga oración, plagada de incoherentes expresiones de “fe” y de clichés de púlpito, malamente dramatizados con esa pretensión de profundidad e intelectualidad que tienen los religiosos de las oficinas. Que se creen que el buen hábito de lectura consiste en leer, únicamente, el “Génesis” (el “Génesis” de La Biblia, no el de El sonido de la ausencia). Es en ese mal momento en que la raza humana en su expresión animal más burda, atosigada de azúcar e intoxicada con religión, nos deja ver que estamos destinados desaparecer.

           Cuando estás a cargo de ese tipo de establo, llegas a detestar hasta tu voz, ya que tienes la obligación de presentar al cumpleañero frente al grupo, felicitarlo y darle agradecimientos con frosting de hipocresía, porque de seguro es un empleado con una producción de mierda que no sirve ni de pisapapeles. Pero, los expertos en salud organizacional y los trabajadores sociales educados en los institutos que dan diplomas sin estudiar mucho (a quienes también les encanta que les canten cumpleaños), dicen que es necesario. Y es peor el día que eres tú el cumpleañero, muy desagradable pujar agradecimientos cuando, debido a la ineptitud de tus supervisados, padeces de un severo estreñimiento de gracias. Agradecer es cada año más patético, hasta que se convierte en un simple: “Nunca dejan de sorprenderme.”

          Era en realidad sorprendente el esmero y dedicación que le metían a los cumpleaños, juro que llevaban agendas detalladas para no fallar en ninguno de esos días laborables y de fiesta obligados. Sí, obligados. No celebrarlos conllevaba una sutil huelga de brazos caídos en un lugar en que, de ordinario, los brazos apenas se movían. Los chismes, las caras, las quejas que, silenciosas, hacían escándalos en los pasillos. Y encima de lo anterior, el espectáculo tenía que llevarse a cabo durante horas de servicio. No se podía celebrar en la sacrosanta hora de almuerzo, era mejor mentarles las madres o sacarles el dedo del medio. Ese periodo es un privilegio inalienable para ellos; lo consideraban una falta de respeto al cumpleañero y exigían que se le permitiera almorzar tranquilo (aunque en realidad no comiera, ya que se había engullido varias raciones de todas las porquerías que llevaron en su nombre).

          Absurdo el esmero en las decoraciones. Preparadas el día antes o desde el viernes si el cumpleaños era lunes. Si había que ir un día de fiesta a decorar, se iba a decorar; era para trabajar que siempre había problemas. A menos que fuese una actividad política de día feriado, ya que de esas dependen los ascensos y los contratos. Había una secretaria con aires de Betty Boop y aire en el cerebro, que no sabía nada de ortografía básica y mucho menos de sintaxis (creía que eso era quedarse a pie cuando no había guagua). Que se olvidaba de todo, hasta del lugar donde dejaba los expedientes más importantes. Pero, jamás se olvidó de recordarme la fecha de un cumpleaños ni mencionarme que comprara el bizcocho (imagino que era “casualidad” que siempre se le olvidaba el de las compañeras que no le caían bien).

          Por pura cortesía asumí la responsabilidad de comprar el bizcocho y regalarlo al cumpleañero. Me parecía poco elegante eso de las colectas peseteras para comprarlo. Pero, “de buenas intenciones está lleno el infierno”, la colecta continuó para el pan y la mezcla, los Doritos y la variedad de dips homade que tanta adicción me causaron y hasta me borraron la cintura. El tamaño del bizcocho era como un símbolo del aprecio. Si era pequeño, las caras se alargaban, las fosas nasales se expandían y terribles actitudes afloraban; no importaba la calidad de la repostería ni aunque dijera “made in Paris”. Tuve que adaptarme a la harina de Wallmart y reposterías de mala calidad que preparaban tartas de tamaño sportsman. Desarrollé una adicción desmedida por el azúcar y las porquerías. Era todo un junkie de semáforo, cuando pasaban dos horas sin un pase de harina. A escondidas comencé a consumir todo tipo de pastelillo viejo y “quesitos” con hongo verde en el centro. Llegué al punto en que solía buscar en los zafacones y lamer los residuos de frosting que se quedaban en los platos. Nunca pensé que podía caer tan bajo.

           Gracias a un rayo de energía corrupta y constante que cayó de arriba, fui terminado de aquel lugar. ¿Qué si me dio trabajo? Por meses estuve dándome pases de Snow White granulada y masticando gummy bears cada cinco minutos. Con mucha perseverancia, anfetaminas y whisky, logré al fin limpiarme. Confieso que romper con la glucosa barata casi me cuesta la vida. Tuve que confinarme a un Centro de Rehabilitación en el que no había nada dulce. Recuerdo que, para tratar de curar la necesidad, solía masticar los anuncios de mantecados de las revistas y otras impensables acciones que me avergüenza contar.

           Casi dos meses después del rompimiento, perdí quince libras, sin ejercicios, sólo con la mera cancelación de los atracos de calorías a los que era sometido. Claro que al principio los extrañé, todas las drogas se extrañan. No niego que a veces paso frente a una panadería de mala muerte y comienzo a sudar hielo, me dan mareos. Algo así como un delirium tremens empalagoso; recuerdo con escalofríos esa sensación abrumadora del azúcar pasando entre mis dientes y lengua, pegándose a las papilas que envían ese mensaje glorioso a mi cerebro, similar a un orgasmo. Siento que recaeré, las rodillas no me sostienen. Pero, se me pasa cuando recuerdo mis antiguos compañeros y cómo trozos de mierda me parecían deliciosos eclairs.

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