El Mundial

Sí, confieso que soy uno de esos tantos “cualquieras” que se hipnotiza con el Mundial de la FIFA. Nunca veo los juegos de ligas y sus temporadas regulares ni los de conferencias ni copas regionales, dicho sea de paso, no me interesa para nada el fútbol; a veces leo las noticias, resultados o estadísticas, pero sólo por la curiosidad, y no para acumular conocimiento inservible. Como ya dije, no soy fanático del llamado deporte rey, no es mi favorito (aunque creo que ya no sigo ningún deporte). Pero, por alguna razón que desconozco, cada cuatro años, pierdo horas frente al televisor viendo la mayor cantidad de juegos que pueda, dejo de hacer lo que sea que me esté ocupando y cancelo compromisos, solamente para seguir la ruta del que será el campeón del mundo. Es una rara obsesión difícil de explicar y que no suelo hacer pública; una mala costumbre que adquirí desde el mundial de Los Ángeles, en el 1994, cuando Brasil le gano a Italia.

Siempre le voy a Brasil, no estoy seguro del porqué, creo que tiene algo que ver con Pelé, Xuxa, una estrella porno que me cautivo en los 80’s y aquel juego de la final del 94. Pero, además del favorito, a través del torneo, según el desempeño se va creando admiración y empatía con otros equipos. Rusia 2018 comenzó interesante, ya que los países considerados potencias futboleras, se vieron en aprietos desde la primera ronda clasificatoria. Equipos como Argentina, España, Brasil y Portugal, perdían y empataban ante rivales considerados inferiores. Y ni hablar de la victoria de Méjico sobre Alemania, campeón defensor y favorito; creo que ese fue uno de los momentos más impactantes de esta competencia. Los alemanes quedaron eliminados en la primera ronda, lo que seguro causó cierto alivio entre los equipos que clasificaron. Francia lució solida desde el primer momento, también Bélgica y Uruguay; en esa ronda no le presté demasiada atención a la selección de Croacia.

Desde el Mundial de Alemania 2006 (el del infame cabezazo de Sidane), después de la segunda semana del torneo, comienzo a darme cuenta que pierdo demasiado tiempo viendo partidos que no tendrán ningún significado ulterior ni me traerán conocimientos nuevos, y que no me generarán más remuneración que la del ocio; pero, me consuelo y me engaño diciéndome que es un pecadillo menor y sin importancia que ocurre cada cuatro años. En esta ocasión, en la segunda etapa se fueron eliminados la mayoría de las mega estrellas: Messi, Ronaldo, Neymar y Shakira (que es una de las más importantes estrellas del club de Barcelona y de la selección nacional española).

Durante la tercera semana, mi trauma aumenta, ya me detesto, me siento inútil, inservible, como un junkie de esos que pide dinero en los semáforos, comienzo a expresar, en alta voz, mis deseos de que acabe el maldito torneo; un pegajoso sentido de culpa me ataca cada vez que me siento a ver un juego de esos, como pasa con las drogas duras y las malas “exes”. Para los mundiales del 2006 en Alemania y 2010 en Suráfrica, me engañaba y me decía: “Hoy no veré juego alguno, hoy trabajaré, leeré y haré un poco de ejercicio”. Tan iluso yo, trataba, pero no podía, no importaba la prioridad ni lo entretenida de la tarea que me imponía, la abandonaba y terminaba como un autómata sentado frente al televisor, siguiendo durante más de 90 minutos una maldita bola que se movía entre las piernas y las cabezas de veintidós cabrones. Esta vez, ya para los cuartos de final no quedaban equipos latinoamericanos, Uruguay fue la última esperanza de las Américas. Francia seguía a paso firme, un equipo joven y con mucha velocidad. Croacia también avanzaba bien y venció a Rusia en su casa, una victoria con un fuerte significado político, debido a que muchos de los jugadores vivieron la cruel guerra que sufrió su país hace algunas décadas. Desde ese juego comencé a sentir empatía con los croatas y con Luka Modric, su jugador estrella, y quien se me parece un poco a Tom Petty (tal vez esa es la verdadera razón de mi empatía).

La cuarta semana del Mundial, ya me salen ojeras y me detesto por haber tirado tanto tiempo. Ya en ese punto no puedo ni mirarme al espejo sin sentirme como un idiota, tantas horas, días perdidos en algo que al final ¿qué importancia puede tener en mi vida? Soy un primate idiota que reconoce su inferior humanidad, al perder preciosos instantes de vida viendo el maldito Mundial de fútbol, es por eso que trato de mantener oculta esa mala obsesión y no comento ni digo nada públicamente. Dicho sea de paso, trato de opinar lo menos posible acerca de los juegos y sus resultados, sólo con mis hijos y mi amigo Félix Golon (quienes también se idiotizan, pero tampoco lo comentan); lamentablemente no todos suelen ser así de discretos. Cómo me revientan las esferas los filósofos “guaynapingas” que creen que saben tanto que siempre saben a mierda; los posers y farsantes, los cool y trendy que se mueren si no opinan acerca de todo con un meme o un selfie; y no pueden faltar los drama-queens que se ofenden con todo y convierten el deporte en un gancho para discursillos trillados y panfletarios en las redes sociales.

Pirito (cambié su nombre para proteger su changuísima humanidad), es un buen amigo que, por razones que no sería apropiado comentar, se ha convertido en un feminazi con “testículos”, criticaba en su Facebook la falta de educación de perspectiva de género, ya que los comerciales de una compañía de servicio celular, según Pirito, denigraban a la mujer, ya que la mostraban como cocinera, niñera, enferma sexual y compradora compulsiva, mientras los hombres son quienes trabajan y ven el fútbol. Pude ver la misma promoción y, contrario a Pirito, en ella observé a una guapa mujer, muy inteligente e inmune al vicio ridículo del futbol, y un marido idiota que pierde el tiempo con impunidad; además, si Pirito no tuviera la cabeza tan sumergida en su armario idealista, se daría cuenta de que el noventa por ciento de los comentarios que hacen las damas en las redes sociales, van dirigidos a cuán guapos o no tan guapos están los futbolistas. No faltan nunca los muchachos de la izquierda socialista, que les gusta dramatizar su “pobreza”, quienes dicen que no ven el Mundial porque es un monstruo del capital y un deporte para ricos; las feministas, dicen que no lo ven porque es un producto del patriarcado opresor, además, exigen que las mujeres futbolistas devenguen los mismos salarios que los hombres (lo piden en todos los deportes), alegan que Messi y Ronaldo no deben cobrar más tan sólo por ser hombres.

No suelo ver la programación de televisión local, por eso me estuvo muy curioso que Telemundo suspendiera toda su programación regular diurna, para transmitir los partidos; pero, uno de esos días que no hubo juegos, encendí el televisor y después de cuarenta segundos de “Caso Cerrado”, pude entender que nadie debe extrañar la basura para brutos que Telemundo transmite regularmente. En este Mundial no pudo faltar Maradona, haciendo sus espectáculos habituales: sacando el dedo, desmayándose y fumando cigarros en áreas de No Fumar.

Puedo decir que, a minutos del último juego, el gol que más me ha gustado fue el de Leo Messi contra Nigeria, que pena que no anotó más. Durante un juego del mundial del 2014, que cometí el error de ver entre conocidos y en un lugar público, comenté que me cae bien Leo Messi porque es un tipo callado y discreto, y que otros jugadores deberían emularlo. Un conocido de esos hípsters que les gusta escucharse, me dijo con tono de intelectual que regaña: “No seas insensible, Messi padece de Asperger”. A lo que contesté: “Pues más atletas de ese calibre deberían padecerlo y mantener las bocas cerradas”, quise decirle más e incluirlo en la lista de los que deben aprender a callarse, pero preferí guardar silencio y educarlo con el ejemplo.

Al final de la jornada en Rusia, el campeón estará entre Francia y Croacia. Confieso que me gustaría ver ganar a los croatas, han jugado como verdaderos guerreros y tienen una presidenta guapísima. Pero, el equipo francés está demasiado sólido; aunque, en este mundial de sorpresas, cualquier cosa podría pasar. Una cosa es cierta, al fin termina el maratón de emociones que aceleran el ritmo cardiaco e idiotizan la mente del ser humano (hombres en su mayoría) y todo regresará a la normalidad; en especial la programación de Telemundo, que volverá a ser todo un laxante.

Imagino que estaré al menos una semana en “rehabilitación postmundialista”, ingiriendo licor, humo y viendo películas viejas y porno amateur, pero sobreviviré y le diré adiós al fútbol hasta el próximo Mundial en Qatar 2022.

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