El feminismo no entra por la cocina

La mañana siguiente, después del ocho de marzo del año pasado, un buen amigo y compañero de oficina me dijo: “¡Cándido, no vas a creer lo que me pasó ayer!”. Me contó que, tanto él como su esposa, estaban respectivamente atrapados en el fuerte tráfico causado por varias marchas que protestaban en favor de los derechos de la mujer, que se desarrollaron ese día.

Ninguno llegaría a tiempo para cocinar. Mi amigo llamó a su hija para pedirle que, por favor, sacara una carne de la nevera y la pusiera en un envase con agua, para que se fuese descongelando, y cuando cualquiera de los padres llegara, la cocinaría. Aprovechó para decirle a la hija, quien ya estaba en su primer año de universidad, que ya era tiempo de que fuese aprendiendo a cocinar alguna que otra cosilla, para que les diera la mano en esos días de ajetreo (que, en esta época de inflación y crisis, parecen más frecuentes y menos remunerados).

La hija (que siempre fue bastante renuente al trabajo doméstico y algo contestona), le dijo:
―Lo lamento, padre, pero no voy a entrar a la cocina; me niego, siquiera, a pasar por ese lugar.

El padre, que estaba un poco tenso por el mal día que tuvo, le pregunta la razón de ese rotundo no, “¿Te pasó algo en la uni? ¿Te sientes mal?”.
―Nada de eso, es sólo que me niego a someterme a los roles tradicionales, simplemente porque a ustedes les dé la gana.
Sin pensarlo mucho, debido a la urgencia que sentía por llegar a la casa, el padre preguntó en tono burlón.

―¿Te peleaste con tu novio? ¿Estás en esos días del mes?
―Padre, te prohíbo que me faltes el respeto de esa manera tan machista y patriarcal, que demuestra esa profunda misoginia con la que los hombres han sometido a las mujeres durante siglos. Eso se acabó conmigo. Si mi madre quiere ser de las sometidas que se condenan a la cocina para complacer a los machos, lo lamento por ella. ¿Por qué no llamaste a mi hermano para que lo hiciera él?
―Pero hija, si te digo que soy yo quien va a cocinar, tu madre llega más tarde. Además, llamé primero a tu hermano y no contesta.
―Pues no me importa. En la marcha y la reunión de esta mañana, la líder de mi grupo 8MPaTí, nos dejó bien claro a las chicas de primer año, que tenemos que estar atentas y firmes, que le damos vida al patriarcado cuando toleramos y aceptamos esas pequeñas sutilezas de los roles cotidianos; es con eso que nos manipulan y después terminan violándonos y matándonos…
―Hija ―interrumpe el padre en tono conciliador―, no se trata de machismo ni patriarcas ni abusos, se trata de nutrición y sobrevivencia. Si quieres que haya comida antes que llegue la hora de irse a dormir, necesitamos, todos, no sólo los hombres, que descongeles la carne. No creo que Luisa Capetillo se ofenda o tenga objeción al respecto.
El tono de la joven es tan firme que retumba en el oído del padre.
―¡Ya te dije que no! El ejemplo comienza en casa. Como voy a ir por la calle a hablar de igualdad y derechos, si no combato el problema desde su mismísima raíz, y esa raíz se llama hogar. Si quieres comida, la tendrás que cocinar tú. Además, no sé quién es esa señora Capetillo, sabes que sólo estoy en primer año. ¿Algo más?

―No hija, nada más. Gracias de todas formas ―dijo el padre desconcertado y tratando de no romper el fino hilo de cordura que le quedaba después de un día caluroso y varias horas sentado en el carro.
Se quedó pensando en la conversación mientras contaba las horas que duraba el lento camino. Se sentía como en la “Autopista del sur”, el nombre de su personaje era ElSeñorDelAudiViejo”. Cuando el tráfico se movió un poco, logró agarrar una ruta de desvío más ligera. Se detuvo en un restaurant de comida rápida, para resolver el asunto de la cena familiar. Durante la espera, observaba los empleados del lugar: dos hombres jóvenes manejaban espátulas para girar la carne y colocarla en el pan; dos mujeres (una de ellas con acento de Santo Domingo) se encargaban de añadir la lechuga, el tomate y demás ingredientes, luego envolvían la hamburguesa en papel de aluminio con el logo del negocio (una letra W de color rojo); otra mujer se encargó de empacar todo en bolsas (con el mismo emblema), cobrar y entregar.

Camino a la casa, quedaban reminiscencias de una de las manifestaciones. Un reducido grupo de damas robustas, molestas y ataviadas de violeta, reclamaban a un banco local, que dejara en paz a las mujeres trabajadoras que no tenían dinero para pagar sus préstamos; exigían que sólo ejecutaran hipotecas de casas que pertenecieran a hombres. Le pareció graciosa, irracional y muy discriminatoria la petición. Volvió a recordar la conversación con su hija acerca de los roles, las sutilezas del patriarcado; la firmeza del feminismo, las causas y reclamos; los giros que ha dado la “lucha” moderna; los abusos que aún se cometen en el mundo de hoy. Recordó la cifra de mujeres asesinadas el año anterior, cincuenta y una (veinticuatro a manos de sus parejas, veintisiete en crímenes de drogas y otros); recordó, además, que quinientos noventa hombres también fueron asesinados el mismo año, le pareció una cifra desproporcional y un detalle del que nadie hablaba. Pensó en la poca razonabilidad del planteamiento de su hija y luego de meditarlo un poco, concluyó que era la primera vez que los efectos de una protesta se manifestaban en su núcleo familiar. Lo que le hizo entender lo poderoso del movimiento feminista; tal vez más que el independentismo riopedrense de los años 60’s.

Llegó a la casa casi simultaneo con su esposa. De inmediato llamaron a los hijos para que se sentaran a cenar. La hija apareció primero y sonriendo. Mientras la madre servía la mesa de comida chatarra en platos desechables y vasos de cartón, la joven contaba acerca de un examen que le pareció difícil y le pidió dinero a su padre, para una camiseta violeta que necesitaba para una actividad al día siguiente. El hijo fue el último como siempre, despeinado y con aspecto de no bañarse hace días, traía en la mano el control remoto de su PlayStation4 y tenía la intención de agarrar su comida y marcharse al cuarto, pero la madre lo detuvo de manera tajante, halándole por el lóbulo de la oreja izquierda lo hizo sentarse en la mesa.
El padre sólo observaba y escuchaba. Cuando ya estaban sentados para comer, con hamburguesas en mano y bocas abiertas, no pudo contener sus pensamientos y habló.
―Perdón por la interrupción, quiero decirte hija, que he estado pensando en lo que hablamos esta tarde y creo que tienes razón ―la esposa hace una expresión de desconocimiento y el padre le explica―. Esta tarde, a falta de tiempo, le pedí a nuestra hija que descongelara una carne, para poder cocinar temprano. Su respuesta fue “no”, y me explicó sus razones, que son puramente ideológicas, que puedo entender y respetar. Me recuerda mi adolescencia, cuando le exigía respeto a mis padres por el pelo largo y los mahones rotos.
―¿Y qué ideología es esa, que impide la cooperación en el hogar? ―pregunta la madre con un cínico tono de curiosidad.

La hija no pierde tiempo y (mientras el hijo come sin que le importe lo que hablan) le repite a la madre exactamente lo que le dijo antes al padre, sólo que con las ventajas histriónicas que ofrece la conversación en cuerpo presente. Fue particularmente enfática en esa parte de que no sería parte de mantener cómodo a ningún macho y que no sería una sometida” como su madre. La señora, que escuchaba y tragaba gordo, no pudo aguantar.
―Me vas a disculpar hija, pero no me incluyas en tu confusión entre pereza y lucha…
―Tranquila cariño ―interrumpe el esposo con su voz conciliadora―. Creo que debemos apoyar a nuestra hija cuando se trata de esas causas de justicia y, sobre todo, voluntad. Me parece bien que, si va con sus ideales, no entre a cocina alguna ni haga nada relacionado a preparar ni servir comida. Visto desde otra perspectiva, es como una huelga de hambre, requiere voluntad y valor; no debe ser una mera excusa para no cooperar. En aras de apoyarla en su gesta, si esas tareas domésticas, violentan su creencia, le encontraremos otras. Ya es tiempo de que alguien me ayude en el patio, ya que nuestro hijo salió vagoneta y adicto a los juegos de video; ya le ensenaré a la niña a usar la máquina y el machete. En cuanto tu protesta, no creo que deba limitarse sólo a ti, esa sería una hipocresía conveniente. Pienso que debes boicotear todos esos lugares y hogares en los que hay mujeres sometidas cocinando.
La hija respira rápido, se siente inflada por la emoción, no puede creer que su escéptico padre la esté apoyando, asiente con la cabeza y casi aplaude. El hijo, que ya terminó su cena, aprovecha el descuido de ego de su hermana y comienza a comerle las papas fritas.

―Si para ayudarte, tenemos que comer comida chatarra lo haremos; lo que necesites. Así que, me aseguraré de que protestes como debe ser, como toda una revolucionaria. A partir de hoy: no podrás comer de la comida que prepare tu madre, ni siquiera la lasaña de embutidos que tanto te gusta; nada de los pasteles de la abuela ni del pernil de tu tía; prohibidos los cupcakes de mi prima Betty y la paella de tu madrina Pepa. Se que te parecerá un poco difícil y excesivo, pero es lo correcto, se trata de la verdadera solidaridad, nada de cosas a medias hija mía. Eso sí, te advierto que aquí en casa a penas vas a comer dos o tres veces en semana, cuando cocine yo por supuesto, ya que tu madre cocina tres o cuatro veces por semana, y tu hermano parece que también es feminista, porque tampoco se mete en la cocina, sólo sabe llegar a la nevera.
La hija quería cortarlo, pero no sabía que decir ante ese panorama de hambruna y sus deseos de protesta, además, su padre hablaba tan de corrido, que no encontraba pausa para interrumpirle. No se percató que su hermano le comió todas las papas y que observaba la hamburguesa como si fuese su siguiente víctima.

―Es más, hija, para ser una verdadera guerrera, no creo que debas limitarte a las cocineras, creo que debes incluir las meseras y empleadas que le tienen que servir la comida a los machos, eso es cocina por donde quiera que lo mires. De hoy en adelante nada de restaurantes con meseras, nada mantecados ni cafés-helados servidos por chicas; sólo macharranes sirviendo, nada más. Sé que esto te podrá parecer extremo y hasta difícil, pero así fue peor para las primeras feministas, quienes cuando pelearon por los derechos que hoy día tienen todas las mujeres, tuvieron que aguantar calumnias, macanazos, mangueras de bomberos, gases lacrimógenos y hasta disparos, entre otras tantas cosas terribles. No hay lucha ni victoria sin voluntad ni sacrificio.

Por eso hija, debo decirte que, para comenzar con el pie correcto y ser una verdadera guerrera, una “luchona”, como dicen ustedes hoy día, no puedes comerte la cena de hoy. Porque, aunque fue cocinada por dos hombres que lucían como perfectos machos cabríos, fue servida por una mujer negra y otra inmigrante, seguras víctimas de esa trampa patriarcal que condenas. Dale las gracias a tu hermano que, sin que te dieras cuenta, te ha hecho el favor de comerla para que no sintieras tentación de claudicar.
El hermano, incrédulo, se traga el último bocado y sonríe algo asustado; no puede creer que, gracias a los derechos de la mujer, se ha salvado de un insulto de su hermana y otro halón de orejas de su madre, quien también sonríe ante lo que sucede y, con un ligero sarcasmo y mucha efusividad, levanta su vaso de cartón y le dice a la joven:
―¡Feliz día internacional de la mujer!

Un año después, la hija (que según su madre, es “más terca que un trío de mulas”), mantiene firme su protesta tal y como se la planteó su padre: sólo come alimentos preparados y servidos por hombres. Antes de su “ayuno con causas”, siempre cargó algunos kilitos de más, ahora está tan o más esbelta que un “ángel” de los Secretos de Victoria y, todos los meses, recibe dolorosas inyecciones de hierro para su anemia.

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