La cadena de los álbumes

(Un ejercicio totalmente onanista)

Hace semanas un reconocido y talentoso guitarrista puertorriqueño, fue “retado” por alguien, para que colocara en Facebook, durante diez días, sus diez discos favoritos o los que más le influenciaron. Me pareció una ñoñería típica de las redes sociales; como una de esas cadenas en las que tienes que enviar algún mensaje ridículo a diez víctimas inocentes, a cambio de una fortuna que llegará a la puerta de tu casa. En el caso de ése guitarrista, que es muy respetado, ya que está mega-duro, me pareció un ejercicio interesante; onanista, claro está, pero debido a la cantidad de fanáticos que tiene, fue casi como una radiografía-biográfica, que puede explicar de alguna forma, por qué toca como toca.
Hasta ahí, todo iba bien. Entonces, un gran amigo de muchos años, a quien para proteger su identidad llamaré Babe (como el tierno cerdito de la película australiana), todo un hater empedernido, neo-machista, antisocial, sarcástico y extremadamente cínico (casi tanto como yo, pero menos elegante), y quien toca una tremenda batería en una banda local, cuya música puede ser descrita con esa misma lista de adjetivos que acabo de utilizar para describirle a él, sorpresivamente, comenzó con la cadena de sus 10 discos favoritos. El primer día, me quedé tan aturdido porque mi rudo y macharránico amigo, había entrado en un “reto por nominación” casi tan absurdo como el Ice Water Bucket Challenge, y no me salió comentario alguno. El segundo día, no pude evitarlo y traté de persuadirle, pero fue inútil; fue como si el “social media coolness”, se hubiese apoderado de él. El tercer día, a raíz de mis severas críticas a la cadenita de “hipsters posing as rockers”, Babe me nominó.
No suelo aceptar ese tipo de changuería, pero tampoco me gusta rechazar retos públicos, aunque los complete en privado, y en el “Chuckies Way”: profando la literatura. Así que, para no decepcionar a Babe, por este medio, en unidad de acto y sin cursilerías para sonar como conocedor y caerle bien al corillo de los rockeros-hispters de las redes, presento mi lista de los discos que mas influenciaron mi cabeza y que hoy día repercuten en mis letras; ya que, cuando escribo, para poder cancelar el sonido del mundo y darle ritmo a mis palabras, suelo utilizar audífonos y escuchar esa música que azuza los númenes que me llevan a crear mundos y situaciones que, modestia aparte, son del agrado de personas dispuestas a usar el intelecto a la hora de escoger una lectura; entre ellas mi amigo Babe, quien es uno de mis mejores lectores, todavía le agradezco su buena crítica a El sonido de la ausencia.

Mi primer disco de rock me lo regaló mi madre, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, tal vez no es el mejor disco de AC-DC, pero la canción que lleva el título del álbum, es una de mis favoritas. Para aquellos días, no hablaba mucho inglés, así que no entendía el 75% de las letras, pero no hacía falta, el sonido de aquellas guitarras, la batería y, en especial, la voz, eran suficientes para hacerme entender que ésa era la música que quería escuchar, y no el Danny Rivera ni los Haciendo Punto, que escuchaba mi madre. Aquel mismo día, la vieja me regaló Kilroy was here, que no hace la lista, pero “Heavy Metal Poisoning” también me reafirmó que era el rock la música que me movía.

Semanas más tarde, llegó Shout at the Devil, de Mötley Crüe, cuando vi el video de “Looks that Kill”, le rogué a mi madre que me comprara el disco. Tenía solo once años cuando lo escuché la primera vez y convirtió al Crüe, en mi banda favorita durante más de 15 años. Para aquellos días no sabía que los integrantes eran unos alcohólicos y adictos extremos, que grabaron el album con altas dosis de cocaína y Jack Daniels (entre otras cosas), de eso me enteré muchos años después; no fue la vida personal y degenerativa de la banda lo que me atrapó, fue sólo la música. Tal vez una década y media después, comprendí a través de la experiencia, la fuerte influencia que puede tener el alcohol y otras sustancias, en los procesos creativos, por eso me orino encima de todos los que critican y condenan sin conocer. Me resulta muy gracioso que estos rockeros sanos, antidrogas y negados al vuelo de la experimentación y la alteración de la percepción y los sentidos, anden hoy día alabando el alto contenido narcótico con que se grabó esa joya musical.

Durante aquellos extraños 80’s, Bark at the Moon me puso a dar saltos de emoción, otros discos de Ozzy como Blizzard of Oz y No more tears, me gustan más, pero, el ladrido a la luna llegó cuando estaba conociendo al Príncipe de la Oscuridad, y la impresión que me dejó fue sólida. Además, Ozzy andaba tocando con Mötley Crüe, en la gira en la que cuando se le acababa la cocaína, se “guelía” las hormigas (literalmente). Con The number of the beast, descubrí que no tengo mucha capacidad para la fidelidad en la música, solía cambiar de banda favorita tanto como cambiaba de novias, pero Crüe y Maiden, siempre ocuparon los primeros lugares. Under Lock and Key de Dokken, un disco que me reconfiguró mis nociones acerca de cómo debían sonar unas cuerdas, George Lynch fue por varios años mi guitarra favorita; lo vi en vivo y es un animal salvaje. Out of the Cellar, también estuvo sonando duro en el tocadiscos de mi habitación; todavía recuerdo el día que mi madre me lo compró, en el sótano de la New York Department Store de Río Piedras, donde hoy está una oficina de Acueductos; definitivamente la vieja contribuyó a este vicio por la música. Warren DeMartini es otro de mis eternos favoritos, lo he visto varias veces en vivo y es genial.

1984 y 5150, los cuento como uno ya que, cuando Rotten Lee Roth se fue de Van-Halen a cantar el “Gigoló” y las “California Girls”, pensé que la banda había muerto, porque su alma era el acróbata gritón. Pero, cuando escuché el 5150, se me erizó la piel y le envié un mensaje telepático a Roth, mandándole al carajo y dándole las gracias por dejarle el puesto a Haggar, que llegó a hacer música gorda, sólida y con un poco más de sentido, sin las payasadas ni las patadas de Rotten Roth. De Eddie no comento nada, no hay nada que yo diga, que no se haya dicho ya; es de lo mejor que le pasó al rock; tuve la suerte de verle en vivo y ser testigo de su encanto.

Para el ‘94, compré el Greatest Hits de Tom Petty y los Heartbreakers. Llevaba toda la vida escuchándolo en Alfa y MTV, así que, por qué no comprar el disco con todos los éxitos que ya conocía y otros más. No voy a entrar en detalles con Petty, para eso los refiero a: Tom Petty: Mucho más que un acento del sur | J.A. Zambrana
https://jazambrana.com/2018/01/22/tom-petty-mucho-mas-que-un-acento-del-sur/ , que cuenta mi historia con el Maestro y sus Heartbreakers. Empire, de Queensryche, cambió la tónica a las letras de joda y vacilón, y me hizo pensar en música de dimensiones más serias, pero igualmente sólida en sonido. In Rainbows, de Radiohead, no sé si fue la nota que tenía el día que lo escuché, pero se convirtió de inmediato en mi pieza favorita de la banda, que es toda una experiencia de otra dimensión para ver en vivo y con psicodélicos. En la línea psicodélica, Abbey Road, es una de las mejores creaciones de todos los tiempos, que será escuchada por siglos, el álbum que me llevó a adorar a Los Beatles.

Ten, un disco de una banda que no entendí de inmediato. Hoy día Pearl Jam está en mi “top-2” detrás de Pink Floyd, y es una de las mejores bandas que he visto en vivo. No se puede quedar el MTV Unplugged in New York, de Nirvana, cuando lo escuché completo y sin interrupción, al final sólo pude decir: “¿Qué carajos fue éso?”, y lo puse otra vez para contestarme la pregunta. Ya “adulto”, cuando llegó la era de la experimentación, llegué a Pink Floyd, mis favoritos; la banda que consolidó toda las dudas en mi cabeza y creó otras nuevas y me hizo cambiar, otra vez, mis conceptos más básicos de lo que es y será la música; la complicada simpleza, el sonido espacial, unas letras que parecen piezas literarias, músicos de verdad a quienes sólo le interesaba la creación de una estética perfecta. Dark Side of the Moon, es hoy por hoy, mi disco favorito, seguido de cerca por Animals, que no lo incluyo, pero me gusta más que todos los discos de esta lista. No voy a alargar el escrito hablando de mi severa idolatría y obsesión con David Gilmour y su guitarra, para eso los refiero a: Gilmour (La noche que conocí el delicado sonido del trueno) | J.A. Zambrana
https://jazambrana.com/2017/04/04/gilmour-la-noche-que-conoci-el-delicado-sonido-del-trueno/ , la narración de la experiencia surrealista de haberle visto en vivo, en la que tal vez fue su última gira.

Por último, y está al final porque fue el último que conocí, Comfort y Música para Volar, el “unplugged-eléctrico” de Soda Stereo. Me pareció tan sexy y “pinkfloydesco”, que se convirtió en mi pieza perfecta para volar entre vicios de humos y piel. No pude ver a la Soda en vivo, pero sí a Cerati, lo vi cuatro veces y lo sentía casi un amigo; al punto que le dediqué “Queremos tanto a Gustavo”, la última historia de El sonido de la ausencia, y posiblemente la mejor de un libro que escribí en su totalidad, escuchando gran parte de las bandas que, nostálgicamente, escuché en mi cabeza mientras redactaba esta melancólica retrospección musical, que dedico a mi amigo Babe, el cerdito que solía ser todo un Marrano. Creo que me pasé de diez, pero al carajo, se me hace muy difícil seguir instrucciones.
Si el contenido de este “ensayo sin ensayar”, le suena a palabras de fanático poco objetivo, es porque en efecto lo son…

Rock on!
Sincerely,
Monsieur Mother Fucker

2 Comments

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  1. Babe puede aprender de éste escrito.No hay q esperar 14440 minutos para hacer una lista de 10 discos.

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